¿Discusión o distracción?

Para entablar discusiones productivas, se necesitan expresar claramente las ideas, y una vez expuestas, se requiere una evaluación de las mismas para llegar a una conclusión concreta. Pero, ¿cuántas veces realmente una discusión cumple su objetivo, especialmente cuando se trata de temas de interés público? Ejemplo perfecto de ello son los debates presidenciales que se asemejan más a un circo que a un debate.
Describamos el procedimiento ideal de una discusión efectiva:
- Supuestos. Se establecen los supuestos en común y se definen términos
- Posturas. Se definen las posturas contrarias
- Argumentación. Se argumenta y contra-argumenta
- Conclusión. Se llega (o no) a una conclusión
Pero en todos estos pasos, siempre termina filtrándose un obstáculo:
- La incapacidad de las partes en conceder supuestos en común para avanzar la conversación
- Interrupciones irrespetuosas
- Desacreditación de puntos de vista diferentes
- Imposibilidad de terminar la discusión
Y es que quizá nos está faltando el paso más importante de todos.
Paso cero: Elegir con quién discutir (o en su defecto, aceptar las consecuencias)
En situaciones de conversación privada (a diferencia de en foros públicos), es común ver cómo personas con opiniones distintas a las nuestras saltan ante la mera insinuación de una opinión contraria a la suya, catalogándola como ‘ofensiva’, ‘anticuada’, o ‘intolerante’. Pero, ¿quién le pidió su opinión? ¿Quién invitó a esa persona a la conversación? Tenemos que establecer algunas bases para elegir con quién queremos discutir, de lo contrario, las discusiones se vuelven pérdidas de tiempo.
Propongo dos requisitos: civilidad y aptitud para razonar. No perdamos nuestro tiempo tratando de ‘convencer’ a cualquier persona que decide unirse a la conversación. De lo contrario, la discusión se vuelve únicamente distracción.